6 ene. 2011

Reflexiones sobre una vida bohemia.

En el tan próspero mundo occidental que ha emergido gracias a la explotación de lo que llamamos el “Tercer Mundo”, no todos tenemos todo. Hay invisibles individuos que quedan pues expuestos a las hostiles condiciones climáticas del entorno urbano, unos seres de cuya existencia ignoramos. Aquellos al que la banca les ha echado de sus viviendas por impago, por no poder encontrar trabajo… Llama la atención, sobre todo, los niños y niñas que viven en las calles de Moscú, sacado en un documental (Los niños de la estación de Leningrasky) que fue emitido hace algunos años. Aquel impactante panorama genera en las mentes de aquellos mozos que lo sufren una situación de angustia, de desamparo, soledad.

Metiéndonos en la piel de esos chicos abandonados, a parte de los malos tratos recibidos por la policía, por engaños de pederastas, de mafias y ante la pasividad de la gente, me hace plantearme cuestiones en el cual tratan en qué estrategias llevan o podrían llevar a cabo para la supervivencia. Siendo seres que carecen de alojamiento, protección y seguridad, les acaban conduciendo por la vía del robo, del atraco y a perder toda sensibilidad convirtiéndose en fríos individuos. Destacamos pues las siguientes consecuencias: la soledad moral que sufren y el pensar que han dejado de tener padres, acaban por llevarlos a evadir los problemas en la violencia y las drogas. De ello surgen grupos que actúan para sobrevivir siendo hostiles con el resto de competidores, que en realidad son otros chicos en la misma situación. Hasta pueden llegar a agredir adultos.

Planteándome la hipótesis de que dichos críos simpatizaran con el movimiento libertario y se organizaran, sería un quebradero de cabeza para los capitalistas y el poder. Puesto que no tienen ya nada que perder y solo tienen a sus semejantes en las mismas condiciones tan miserables, les llevaría a ser más solidarios entre ellos y a emprender acciones como el robo planificado de alimentos en un supermercado, la búsqueda de refugios y en general a conseguir lo que el capitalismo les han arrebatado. Vivirían en una situación en el cual se necesita una constancia en las acciones y la continua planificación de elaboración de estrategias para su supervivencia.

A partir de ello, saco la hipotética conclusión de que cuando perdamos todo, cuando dejamos de depender del sistema económico imperante y cuando estamos fuera de la ley y la autoridad, es cuando seremos capaz de darlo todo. Pues nada tendríamos que perder y el día a día dejaría de ser rutina para ser una lucha constante por la supervivencia en el que cada movimiento que se realice será decisivo. Puesto que somos seres sociales, optar por que cada individuo vaya solo es mala opción y organizarse poniendo en práctica el apoyo mutuo y el asamblearismo es la única vía en que se lleva la lucha. Claro, no habría que centrarse en sobrevivir sino que sería el camino y la chispa que encendería la mecha de la revolución social. Solo cuando estemos dispuestos a renunciar a la seguridad de la rutina, al miedo y al bienestar, empezando a pensar, a reflexionar y a cambiarnos, es cuando de verdad podremos emprender una revolución que quebrantará el sistema capitalista y construir a partir de sus escombros un mundo nuevo. Porque solo hasta que estemos literalmente entre la espada y la pared, despertaremos.

Salud.

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