5 mar. 2011

Hablando satíricamente al dogma

Tengo el honor de haber sido criticado por vuestra Santísima Eminencia, que defendéis las Sagradas Escrituras cuyo contenido abarcan grandes verdades absolutas e indiscutibles. Me dirijo hacia ustedes, quienes habéis acusado a mi persona de hereje, por tener en mi humilde pensamiento unas ideas que no os son bienvenidas o que no han sido iluminadas por vuestra sabiduría. Por ello, he recibido multitud de hirientes palabras e insultantes ofensas que han causado en mi una gran decepción por la inteligencia humana, cada vez más degradada en estos duros tiempos.

Tengan en cuenta, Vuestra Santidad, que no he sido capaz de asimilar correctamente vuestras sagradas predicaciones porque el Diablo se ha revelado ante mi espíritu y ha introducido en lo más profundo de mi alma la maldita duda. Una duda que me lleva a cuestionarme todo aquello que se muestra ante mis oscuros ojos. Cierto es, que vuestras Sagradas Escrituras son la palabra impresa de Dios y los todos los Santos, y predicada por todo lo largo y ancho de este vasto mundo con toda vuestra bondad emanada desde vuestro iluminado corazón para ofrecernos la salvación intentando librarnos de las temibles garras del Diablo. No obstante, debido a la nube de ignorancia que cubre las mentes de la humilde población en el cual estoy incluido, nos mostramos reacios a vuestras sagradas predicaciones.

Por lo tanto, ruego que perdone a este humilde y singular personaje por los graves pecados que ha cometido. Aunque debiera de tener en cuenta que seré igualmente perseguido para ser castigado con el fuego purificador de la Santa Inquisición. Pero no soy capaz de asimilar tales conceptos reflejados en los Evangelios y cualquier Escrito Sagrado que van más allá de mi limitada razón humana. Aun pudiendo ir a un templo sagrado al que vos denomináis Iglesia para aprender de vuestras sabias y santas palabras, de vuestra bondad, de poder alcanzar la salvación de mi alma y de vuestra santa religión salvadora, he elegido el sinuoso camino de la duda, la que me ha permitido conocer otras verdades carentes de dogmas y también ampliar mi campo de visión sobre el mundo terrenal.

Por todo ello, me niego y reniego retractarme ante vuestra Santísima Eminencia porque considero que el cuestionamiento sobre cualquier verdad absoluta, sea o no perteneciente a vuestra Santa Iglesia, no causa el más mínimo daño a cualquier ser viviente. Seguiré pues manteniendo esta postura herética pese a saber las horribles consecuencias que conllevará a mi alma caminar por el sendero del racionalismo, del idealismo y toda concepción terrenal fuera de vuestros Evangelios. Tengo la libertad de elegir mi propio destino aunque vos sepáis que sea completamente erróneo y que mi salvación esté en rectificar y aceptar vuestras santas predicaciones. Aun así, en lo más profundo de mi corazón y con toda mi sinceridad, sigo esperando que algún día las nubes de tormenta que me impiden ver la luz, sean despejadas por vuestros Santos Evangelios y consiga que las dudas de mi humilde mente sean iluminadas por vos.


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